sábado, 11 de marzo de 2017

El equipo de naipes

Quienes cultivan el amor a la verdad cultivan también la amistad con los demás que buscan la sabiduría. Los filósofos no somos náufragos solitarios.
La metáfora de los naipes, que el autor de El Taller de la Filosofía utiliza en el último capítulo del libro[1], así como las repetidas referencias a la “comunidad de investigación”, le han puesto nombre a la relación que se forjó, durante los últimos cinco años, entre los compañeros de mi clase de Filosofía y Periodismoen la universidad.
Y es que después de tantos años, de tantas clases, lecturas, apuntes y exámenes, lo que aprendí… lo aprendí gracias a ellos. Sí, como buenos estudiantes que éramos hubiéramos podido sobrevivir por nuestra cuenta pero, ¿queríamos solo sobrevivir? No. Queríamos mucho más, queríamos disfrutar con lo que hacíamos, con lo que leíamos y estudiábamos, y el mejor método era compartirlo, convertir nuestros conocimientos, interpretaciones y opiniones en un juego en equipo, dándole vueltas a cada idea peregrina —o no tan peregrina— sin la intención de extraer una solución ganadora.
Y así fue como ganamos todos. En Filosofía, leíamos, resumíamos y nos explicábamos unos a otros las obras y autores, ofreciéndose voluntario en cada ocasión el alumno que mejor lo hubiera entendido. Durante estos años, asaltamos aulas y seminarios sin piedad, llenamos de letra sus pizarras blancas y desarrollamos un fuerte sentimiento de admiración los unos por los otros. Y en Periodismo… en esta carrera los de la doble pusimos en práctica otro de los grandes conceptos de este cuarto capítulo: el del “lector de confianza”, aquel del que no solo esperas “comprensión y aprecio”, sino sobre todo, “claridad, estímulo y orientación”[2].
Porque todos sabemos decirle a un buen amigo lo bien que escribe, lo mucho que nos gustan todos los textos que nos pasa y que “no tenemos nada más que añadir”. Pero, ¿cuántas personas habéis encontrado vosotros, escritores, que hayan cogido vuestros relatos y, después de leerlos en profundidad y felicitarte por el resultado, se hayan puesto los guantes, el buzo y las gafas para sumergirse en ellos con el objetivo de mejorarlos aún más? ¿Cuántos lectores amigos habéis encontrado que os digan “me gusta este título, pero si quitas esta palabra, o la cambias por esta otra, sería aún más explosivo? ¿O que te digan: “Este párrafo sobra”, “pásalo al final”, “quita esta frase que no se entiende” o que añadan al margen un “jajaja, buenísimo”?
Pregunto, porque sí yo los he conocido. Yo he convivido con unos especímenes así, que sabían dejar la diplomacia a un lado y preocuparse de verdad por perseguir juntos la excelencia, por aceptarse mutuamente y fomentar lo bueno que les distinguía[3]. Por eso, echando la vista atrás me atrevería a decir que, quizás, no sepa demasiado de filosofía, o al menos ni un cuarto de lo que me gustaría saber, pero que durante todos estos años he filosofado… y mucho, lo tengo muy claro. Gracias a mi equipo de naipes.



[1] Nubiola, Jaime, El taller de la filosofía, Eunsa, p. 206.
[2] Íbid., p.203.
[3] Cfr. Íbid, p.203. 

El trabajo, compañero de la inspiración

Del tercer capítulo de El taller de la Filosofía, de Jaime Nubiola, me gustaría destacar una idea sobre la escritura: aquella de que el 90% de un trabajo creativo es trabajo, sudor y lágrimas —aunque sean de alegría— y solo el 10% inspiración. Si quiero llamar la atención sobre este dato, que comparto, es porque, a menudo, cuando leemos algo bueno, creemos que sucede al contrario: que estamos ante un escritor que es un genio y que expira letras cada vez que respira.

Es curioso cómo, al contemplar una obra de arte pictórica de cierta complejidad o una obra musical, parece más fácil reconocer el trabajo y las horas que hay detrás que cuando lees un buen artículo de opinión en la versión online del periódico, o una buena columna. En este último caso solemos limitarnos a pensar “qué bien escribe este tío”, en vez de decir “cuántas horas hay detrás de esto”. Quizás se deba a que, en el caso del arte, nosotros no nos vemos capaces de crear nada parecido.
Pero es que, si un texto es bueno, es porque lleva muchas horas anotadas al pie. En el caso del periodismo, al que me he autoredirigido —porque me resulta más familiar que el de la escritura de una tesis doctoral y porque es en el que me he movido los últimos años— es porque su autor ha leído mucho, ha escrito mucho, ha buscado noticias sobre el tema del que escribe y ha contrastado opiniones de otros periodistas y de lo que dicen los expertos y la gente de la calle, antes de elaborar la suya propia.

Sé por experiencia que la inspiración no baja de las nubes en un momento de fervorosa iluminación, sino que llega o bien justo antes, o bien justo después del trabajo, pero siempre de la mano. Si llega antes, será el empuje para empezar a leer e investigar, buscar datos, ejemplos y anécdotas que ilustren y apoyen la idea que has tenido. Y si llega después, servirá para darle esa forma atractiva y original al trabajo que llevas horas preparando. Pero sin lectura, sin investigación, la inspiración no cobra vida.
Como futuros profesores, es importante que recordemos esto a nuestros alumnos. Porque no se trata de “escribir bien” y ya. A escribir bien se aprende. Y se aprende leyendo, escribiendo y trabajando. Se aprende escuchando los consejos de tu profesor, leyendo lo que escriben otros, y desarrollando por último tu propia creatividad, pero con los ingredientes previos en el buche.

Respecto al tema del que escribas, creo que, como dice Nubiola, es importante que el texto esté enraizado en la “biografía personal”, en aquello que nos interesa, que nos preocupa, que nos interpela. Y es importante que tengamos esto en mente a la hora de mandarles escribir a nuestros alumnos. Si queremos que de verdad disfruten escribiendo, debemos dejarles un cierto margen en la elección del tema, ya que siempre habrá espacio para delimitar en el momento de establecer los criterios de evaluación, el estilo, etc.

De lo contrario, los alumnos percibirán la tarea de la escritura como algo impuesto, que no apetece. Pero si conseguimos que escriban sobre algo que les guste, será más sencillo que
empiecen a ver este mundo como algo atractivo, terapéutico, y que sean ellos mismos los que pidan consejo acerca de cómo comunicar mejor lo que piensan. En cualquier caso, la libertad y los márgenes de los que hablo, no implican una ausencia total de indicaciones, ya que, en palabras del autor del libro comentado, “el caballo de carreras necesita de riendas y estribos” que, lejos de “limitar su creatividad”, le permitan “ganar la carrera”.

Tomémonos, pues, este capítulo de El taller de la Filosofía, como una invitación a ser buenos aurigas. Aurigas de nuestros alumnos, y aurigas de dos caballos igualmente blancos: el trabajo y la inspiración.

En busca de tu alter ego

¿Quien no se ha fijado alguna vez en los misteriosos numeritos que hay en la parte
posterior de nuestro DNI? Concretamente, en el número que aparece en la segunda línea;
la cifra más solitaria y misteriosa del documento, que arrastra toda una leyenda en torno a
él. La versión más extendida dice que se refiere al número de personas que se llaman igual
que tú. Y aunque ha sido desmitificada, ¿quién no se ha imaginado alguna vez reuniéndose
con esas cinco — en mi caso — personas que comparten con uno algo tan identitario como
el nombre y apellidos?

Pues bien, yo leo para encontrar a esos “cinco” — ojalá más — escritores cuyos textos,
como dice Jaime Nubiola en El taller de la filosofía, dan “la punzante impresión” de haber sido redactados para uno [p.84].

Porque no hay nada más estimulante en el mundo de la lectura que el verte reflejado en
las palabras de otro. Estoy de acuerdo en que “muy a menudo aprendemos más sobre
nosotros mismos” escuchando lo que otros piensan o dicen de nosotros, “o incluso de sí
mismos”, por contraste o semejanza [p.87 ]. Es decir, a veces, al escuchar a un compañero dando
su opinión sobre un tema cualquiera, podemos reconocernos en sus palabras, y lo mismo
sucede cuando no compartimos de ninguna manera lo que piensa: eso nos informa de
cómo pensamos nosotros, cómo somos, cómo actuamos, etc.

Por todo esto, creo que debemos incluir en ese grupito de informadores a los libros, los
textos o artículos de autores que nos interpelan. O más concretamente: a los fragmentos de
esas obras que te hacen saltar del asiento — o pegarte en la cabeza con la barra del metro si
los lees de pie — . A esos fragmentos que te obligan a sacar el lápiz — que según George
Steiner todo intelectual debe llevar en el bolsillo — y a marcar con corazones el párrafo
revelador.

Hasta que leí este capítulo de El Taller de la Filosofía pensaba que me faltaba un hervor
cuando tenía deseos de gritar: ¡Eureka!, y salir corriendo de la bañera, como hiciera en su
día Arquímedes al averiguar la forma de medir el volumen de los cuerpos irregulares. Pero
ahora he comprendido que no solo no es algo raro, sino que debería ser uno de los fines de
cualquier lector: lanzarse a la búsqueda incansable de los numeritos del DNI, de los
escritores que te digan algo nuevo sobre ti mismo o que expliquen con palabras que tú
nunca fuiste capaz de emplear ideas compartidas. Y cuando los encuentres, guárdalos,
anótalos: al margen, en una libreta, en tu ordenador, en un archivador. Donde sea.

Porque aunque hayan pasado veintitrés siglos del descubrimiento de Arquímedes, la
inspiración sigue siendo iguald de inesperada, y a ti puede pillarte en el sofá, en la
biblioteca o esperando en la parada del autobús, pero, como dicen por ahí, “que te pille
trabajando”. O en este caso, con un lápiz entre las manos. Atrapa esas palabras que te han
hecho clic y no las sueltes, serán el comienzo de una nueva página que ya no estará en
blanco.

Ser perfeccionista: ¿un premio o un castigo?

Si en una entrevista de trabajo me preguntasen por un defecto y una virtud (míos)
tengo una respuesta comodín para ambas opciones: soy muy perfeccionista. Nunca he
sabido del todo si eso es algo bueno o malo pero, en m i caso, es. Así que no puedo
obviarlo. Al menos si quiero ser intelectualmente honesta (y más me vale serlo para
aprender de mis errores y mejorar). Lo curioso es que, para bien y para mal, los efectos de
mi perfeccionismo tienen ansias de expansión, y alcanzan por igual tanto a personas que
quizás no quieran ser alcanzadas, como — espero— a personas que, en el fondo, lo pueden
llegar a agradecer.

Cuando en una visitilla de viernes por la tarde el Oráculo de Delfos le dijo al griego
Querefonte que su amigo Sócrates “era el hombre más sabio” y corrió a contárselo, el
barbudo alucinó. Pero después de reflexionar por qué diantres el Oráculo pensaba algo así,
llegó a una conclusión: que el ser consciente de su propia ignorancia y de la de aquellos
que le rodeaban le hacía más sabio que el resto de supuestos “sabios”, porque ellos no
sabían que no lo sabían todo.

De ahí la importancia de conocerse a uno mismo; conocimiento que en el ámbito
intelectual se traduce en una combinación de “confianza en las propias fuerzas y humildad”,
como bien señala el profesor Nubiola en El taller de la filosofía. Pues bien, a esa confianza
en lo que “uno es capaz de hacer por sí solo” —y que no está reñida con el realismo—
Tomás de Aquino la llamaba “magnanimidad” (Nubiola, 56) y viene a ser, en palabras de
Nubiola, el “concebirse a sí mismo con la responsabilidad de aportar algo, sino a la historia
de la filosofía, al menos a los que le rodean”.

Cuando he dicho que mi perfeccionismo a veces puede agradecerse, pensaba
precisamente en la última frase: en cómo pueden beneficiarse de él los que me rodean. Y
pensaba en mis futuros alumnos, porque sé que cuando preparo una clase, la preparo en
profundidad y pensando en ellos en todo momento: en cómo engancharles, cómo
entusiasmarles, cómo transmitirles mi pasión por la filosofía, etc. Y para lograrlo intento
cuidar hasta el detalle más tonto. Ahora, entiendo que si el trabajo de preparación de una
clase es en grupo, puedo llegar a ser un tormento para mis compañeros, y reconozco que
me sale una vena hitleriana que debería controlar. Ese es, entonces, el punto en el que el
despliegue de mi afán de perfección en los demás puede ser no deseado.

Pero, ¿y en mí? ¿En qué se traduce esta realidad? Nubiola detecta rápidamente el
lado negativo para uno mismo: que el querer cubrir un tema “exhaustivamente” y agotarlo,
termina abocando al escepticismo (Nubiola, 56) y, añado, al estrés y al sentimiento de
culpa. Porque todos somos humanos y “todo lo humano es siempre provisional, mejorable,
corregible” (Nubiola, 51) y ampliable. Por ti, o por otro ser humano. El problema en mi caso
es que a veces se me olvida esto, y me exigo más de lo que debería. Y he ahí cuando el
perfeccionismo se convierte en un lastre en una entrevista de trabajo.

A mí, la conciencia de mis límites, de lo que ignoro y de todo lo que me queda por
hacer, me sobra, por desgracia. Y me abruma. Sócrates estaría orgulloso, pero a mí me
mata ese don de solo mirar lo que no sé, en vez de prestar atención a todo lo que sí sé y
hago bien. Supongo, por lo tanto, que la gran beneficiada de este rasgo mío nunca seré
yo… A menos que empiece a aspirar no a “la perfección”, sino a mi “perfeccionamiento”
(Nubiola, 50), con vistas a poder compartir sus frutos.

Lo que sí que puedo decir a viva voz, y tomando de nuevo unas palabras de
Nubiola, es que dando clases de filosofía “hago lo que amo” y disfruto al máximo con ello.
Por lo tanto,, tanto si sigo siendo una “enana a hombros de gigantes” en la historia de los
profesores de filosofía, como si llego a ser una gigantilla con enanos en el hombro, me
conformaré de momento con ser “la profe” que a mí me hubiera gustado tener.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

¿A dónde van los restos del quinto contenedor?

Imaginen que cada vez que tirasen una cáscara de plátano al cubo de la basura, se encendiese la luz. Pues gracias a la recogida selectiva de materia orgánica a través del sistema del quinto contenedor, ése es uno de los destinos finales de los residuos orgánicos que casi un tercio de los navarros echa ya en su pequeño cubo marrón: electricidad.

Más de 41.000 familias se han sumado voluntariamente a esta iniciativa, con el fin de ir cumpliendo con los objetivos medio ambientales exigidos por la normativa europea, que cada vez más es exigente: para el año 2020 será obligatorio reciclar el 50% de los residuos. Por ese motivo, en Navarra se han puesto manos a la obra, buscando la solución más ecológica al tratamiento de los residuos orgánicos. Y la han encontrado en la planta “HTN Biogás”, en Caparroso.

Situada a 4,5 kilómetros del pueblo más cercano, es la planta de biogás agroindustrial más grande del sur de Europa. Con unos motores únicos, cuya capacidad energética es cuatro veces mayor de lo habitual, produce 2.900 kw de energía eléctrica renovable, suficiente para abastecer a 7.000 hogares. Pero es que además, el alimento de esta planta, que no es otro que residuos agroindustriales, y desde hace poco más de un año, la materia del quinto contenedor, produce 190.000 toneladas de abono orgánico, tanto sólido como líquido. Un eficaz sustituto para los fertilizantes inorgánicos.

De esta forma, y gracias a la tecnología danesa más avanzada, consiguen ahorrar en los dos procesos el equivalente a 3,5 millones de litros de gasolina. Además de evitar la emisión total de aproximadamente 18.000 toneladas de CO2.

Los restos de comida, productos envasados en mal estado, hojas, serrín, tripas, sangre, y demás restos del matadero de Mélida, además de los purines de las 3.000 vacas de la Granja “Valle de Odieta”, se transforman en esta parcela de 8.000 metros cuadrados en energía, calor, y abono. Pero, ¿cuál es el proceso que sigue la cáscara de plátano desde que un vecino la tira a la basura, hasta que se enciende la luz de su casa?

Dos productos, dos procesos

El ingeniero técnico agrícola Ignacio Senosiain lleva trabajando en la planta de Caparroso desde su apertura en el año 2010. “Hacemos de un residuo un producto”, afirma orgulloso, y “aprovechamos algo que si no, sólo serviría para llenar más y más el vertedero de Góngora”. Cada día, explica Senosiain, llegan camiones con los residuos procedentes del quinto contenedor, que tienen que tratar antes de entrar al depósito, para separar las bolsas del contenido. Afortudamente, disponen de una máquina que después de agujerear las bolsas, provoca que lo menos denso (el plástico) suba, y lo más denso, los restos de comida, las hojas, el serrín, etc., bajen hacia abajo, donde se mezclan con agua, formando una papilla lista para entrar a la sala de recepción, a la que llegan también los purines de las vacas lecheras de la granja.

Podría pensarse que HTN Biogás es como esas granjas que al pasar con el coche despiden un olor infernal. Pero nada más lejos de la realidad, explica el ingeniero. El motivo es sencillo: esta planta cuenta con un sistema único de supresión de olores. Los purines llegan directamente por una tubería, y el resto de residuos entran por un sistema totalmente “cerrado, sellado y aislado”. Además, una serie de tuberías absorben el aire de esas naves dirigiéndolo hasta unos biofiltros que lo limpian para quitar el olor. Y por si esto fuera poco, todos los camiones de transporte pasan por un sistema de desinfección antes de salir.

Los residuos del quinto contenedor, explica Senosiain, han supuesto una mejora para la planta, porque al fermentarse producen más biogás que el purín. En cualquier caso, el ingeniero recuerda la importancia de que la gente “separe bien en su casa”, porque sino, dificultan el proceso: “La gente solo tiene que concienciarse de que en el cubo marrón únicamente va la materia orgánica, y el resto ya lo hacemos nosotros”.

Esa mezcla de residuos y 400.000 litros diarios de “caca de vaca” son bombeados hasta dos depósitos circulares, donde se pica el “alimento de la planta” por seguridad y para facilitar “la digestión”. Se consigue entonces un producto homogéneo, que viene a ser como un puré, señala el ingeniero.

Pero como todo puré, hay que calentarlo antes de comer. Por eso, se eleva la temperatura de la masa a 70º durante una hora. El motivo es de bioseguridad: para eliminar bacterias tan nocivas como la salmonella o el E-Coli, además de matar posibles restos de semillas, que no conviene que estén en el abono. Este proceso se denomina pasteurización, y la planta de Caparroso es la única de España en pasteurizar absolutamente todos los residuos que recibe.

El puré pasa entonces a los digestores, dos grandes depósitos negros, que miden unos 20 metros de alto y 22 de diámetro, y tienen capacidad para ocho millones de litros de biomasa. Son como dos estómagos gigantes, con la diferencia de que ellos tardan en hacer la digestión alrededor de treinta días. Las encargadas de descomponer y fermentar el puré son unas bacterias, llamadas “metanogénicas” porque producen metano. Pero claro, son un ser vivo, y como tal, necesitan unas determinadas condiciones de temperatura para actúar. Por eso, el puré de biomasa se templa a unos 40º grados antes de entrar a estos estómagos, la temperatura idónea para que las bacterias puedan darse un auténtico festín.

La materia orgánica al pudrirse, produce biogás. El 85-90% del biogás total se produce en los biodigestores primarios, y el 10-15% restante en unos postdigestores: las dos pequeñas cúpulas blancas que se ven desde fuera de la planta, donde la materia orgánica termina de estabilizarse durante 5-10 días, y en cuyas cúpulas se regula la presión del biogás. Pero ¡cuidado! No son un almacén ni de biogás, ni de la biomasa fermentada. El ingeniero jefe de planta Javier Lanas Navarro explica que son una especie de “piscina” tapada por un techo semicircular. En la piscina estaría el digestato que ha sido bombeado desde los estomágos, y que ahora está aquí terminando su digestión. Y en la zona superior “del globo”, se va regulando la presión del biogás antes de que éste pase a los motores de cogeneración, para ser transformado en electricidad. Por lo tanto, son una zona de paso. El proceso no ha terminado.

De hecho, falta por explicar un paso intermedio, señala Navarro. Es necesario filtrar el biogás antes de llegar a las cápsulas blancas para quitarle el azufre, ya que si no lo hicieran, al llegar a los motores a los que luego pasa, se produciría ácido sulfídrico, “el que huele a huevos podridos”, que se come el hierro de los motores. Por eso, una vez filtrado y regulada su presión en los postdigestores, el biogás está listo para pasar a los dos potentes motores, cuyo combustible en vez de gasolina es el propio biogás, y que al estár conectados a un generador, al girar producen electricidad.

La planta de Caparroso tiene capacidad para producir 3.000 kw/hora. En los motores de cogeneración, donde el ruido es tal que hay que llevar cascos, se engancha con la red eléctrica, y de ahí se vende. Ya está disponible para su uso.

El resultado: biogás para producir electricidad y abono para los campos
Tenemos entonces dos productos fruto de todo este proceso de transformación, pero, ¿cuál es su destino final, y cuáles sus ventajas?

Primero atenderemos a la materia orgánica pasteurizada que queda una vez realizada la digestión, y separado y aprovechado el biogás que produce. A esta materia ya tratada se le denomina “digestato”, que es bombeado de los postdigestores a un separador, para sacar por un lado digestato, o abono sólido, y por otro, abono líquido. La separación se realiza por centrifugación y pasan a almacenarse separados.

En lo que refiere a su distribución, la planta cuenta con camiones y tractores con cubas específicas para cargar, transportar y aplicar el digestato en los campos de cultivo, que ya no huele. El digestato sólido se aplica en los regadíos de Artajona y Tudela, en un radio de 40 kilómetros aproximadamente, mientras que el digestato líquido se aplica sólo en un radio de 20 kilómetros, pues es empleado por los ganaderos socios que proveen a la planta con purín. Digamos que es “una especie de intercambio en el que todos salen ganando”, explica Senosiain.

Pero, ¿cuáles son las ventajas de este abono respecto a otros fertilizantes inorgánicos? Pues en primer lugar, explica Navarro, que no sólo añade nutrientes a la tierra, como cualquier fertilizante, sino que además, añade materia orgánica. Algo “ideal” para las tierras casi desérticas, pues puede llegar a mejorar la estructura del suelo si se aplica durante tres o cuatro años. Pero esto no es todo, ya que este proceso evita la emisión de 2.050 toneladas de CO2.

Y por si esto fuera poco, están las evidentes ventajas que aporta el segundo producto de la planta: el biogás. Para los que no sepan cuál es la parte más importante de esta fuente energética, desde el departamento de Biomasa del Centro Nacional de Energías Renovables (CENER) nos dan la respuesta: el metano. ¿Por qué? Por ser la parte combustible que necesitamos para producir electricidad. El biogás es como el aire que respiramos, no todo es oxígeno, y con este gas pasa lo mismo, el resto de elementos, aproximadamente el 40%, son “impurezas”, sobre todo, uno de sus componentes: el ácido sulfídrico, que como ya se ha explicado, es esencial eliminar.

Ahora sólo queda una cuestión, averiguar qué ventajas tiene el biogás frente a otras energías renovables, y la respuesta, señalan desde el CENER, es que permite producir energía de manera constante. De hecho, HTN Biogás es una planta diseñada para trabajar más de 8.000 horas al año durante las 24 horas, mediante un proceso automatizado. Es decir, que está en funcionamiento todos los días del año, con un descanso de dos días al mes.

Soluciones vanguardistas
Aunque en algunos países del norte de Europa, como Dinamarca, la cultura del biogás esté totalmente implantada, este sistema en nuestro país es una solución, cuanto menos, innovadora, y por encima de todo, una buena respuesta medioambiental para los residuos orgánicos.

En cualquier caso, y por mucho que la iniciativa de separar en un pequeño cubo marrón la materia orgánica haya salido de las instituciones navarras, los verdaderos artífices para que las cosas funcionen y cuidemos un poquito más nuestro planeta, son y serán siempre, los ciudadanos. Así que ya saben la última pregunta: ¿Dónde hay que apuntarse?


Fuentes empleadas:
Ignacio Senosiain, ingeniero agrícola en la planta de Caparroso.
Javier Lanas Navarro, ingeniero y jefe de planta en la planta de Caparroso.
Cristina López Mañero, jefa del gabinete de comunicación de Desarrollo Rural, Medio Ambiente y Administración Local.
Departamento de Biomasa del Centro Nacional de Energías Renovables (CENER).

miércoles, 8 de octubre de 2014

Detrás de una bata blanca


Con guantes, mascarilla, gafas y un buzo desechable. Así recibió el doctor Leiva a los dos periodistas. Todo un equipo de alta protección sustituía a la bata blanca del director del Servicio de Microbiología Clínica de la Universidad de Navarra. Y, por supuesto, al micrófono, la cámara y la libreta de los hambrientos reporteros. “Estas epidemias alimentan a los medios por toda la alarma que crean”, reconoce el doctor a las puertas del laboratorio de Bioseguridad de nivel 3, mientras espera la llegada de los especialistas en Virología. Se refiere, cómo no, al ébola. José Leiva gestiona un servicio en el que bacterias, virus, hongos y todo tipo de parásitos comparten espacio con él, y con otros cuatro especialistas en Microbiología y Parasitología, además de con los técnicos de laboratorio, residentes y alumnos.

Apreciamos de verdad vuestro trabajo”, le dice el doctor al cámara afablemente antes de ponerse la mascarilla. “En momentos como éste vuestras páginas se leen mucho, pero por eso mismo es necesario que no fomentéis la confusión”, añade esbozando una abierta sonrisa que se adivina bajo la protección. Siempre abierto a lo que le pidan, Leiva guía al grupo al primero de los cuatro compartimentos que hay antes de llegar al laboratorio, pero enseguida da la voz a otro especialista “más experto que él” en el tema.

Licenciado en Farmacia en la Universidad de Granada, Leiva llegó a Pamplona en 1992 después de haber trabajado en la especialidad de Microbiología y Parasitología, de la siempre estuvo “enamorado”. Ocho años después se convirtió en director del departamento, y ya lleva once compaginando investigación, docencia y asistencia en el diagnóstico de enfermedades infecciosas. "Compaginarlo todo es complicado, porque el día tiene 24 horas, y hay que quitarle las de comer y dormir. Pero se hace lo mejor posible", afirma. A Leiva tampoco le faltan reconocimientos, pero sabe que su bata blanca no le sitúa por encima de nadie. No tiene problemas para ponerse a la altura de aquél con el que está hablando y relegar funciones en sus compañeros, porque dentro del gremio “cada uno sabe de lo suyo”. 

Ya en el despacho, enfundado en su bata blanca, da libertad total a los reporteros para que pregunten mientras él analiza los medios de cultivo de bacterias. “Os diría que os sirvieses, pero no creo que tengáis ganas de pillar tuberculosis”, bromea al abrir un enorme frigorífico lleno de cepas. "Elija el producto antes de abrir la puerta", reza un pequeño letrero. Como si fuera una coca-cola, el doctor coge una muestra para enseñársela a los alumnos en prácticas y traduce a los periodistas lo que está explicando de forma muy didáctica. Además de científico hace labores de divulgación, para lo que considera esencial “formarse en lo que uno desconoce y no empezar a hablar sin saber”.

Admirado y respetado por todo el equipo, Leiva es un científico con carisma y amor por su trabajo. Pero va más allá, y sus propios compañeros lo ven cada día: “Va con traje, pero sin estar encorsetado”, decía una de las residentes. Ahora, están todos escuchándole con atención, cuando se oye trinar a unos pajaritos. El doctor deja entonces el medio de cultivo y saca el móvil. “Lo siento”, se disculpa, “hora de recoger a los niños”. Y con una sonrisa empieza a desabrocharse la bata. 

martes, 16 de julio de 2013

Presentación de la sección "Filosofía del Lenguaje"

Aquí van cuatro ensayos relacionados con la Filosofía del Lenguaje.

¿Qué qué es eso? El estudio de la relación entre: el lenguaje, el pensamiento y el mundo.

Abrí este blog gracias a esta asignatura así que, ¡qué menos que dedicarle una sección!

He de reconocer que los cuatro ensayos que veréis a continuación son demasiados largos para el formato de un blog, y por tanto, pesados y difíciles de leer, pero en verano hay tiempo para estas cosas... y nunca se sabe a quién puede llegar a interesarle, así que ¡ahí van!

Y para los que no se aburren tanto... iré publicando los temas que más me gustan de esta rama de investigación filosófica.

Presentación del Blog


Por esas voces que ni entendemos ni sabemos explicar pero nos susurran al oído y nos impiden dormir.
Por esas palabras que sabíamos que lo arreglarían todo y no fuimos capaces de pronunciar.
Por esas montañas de arena que se desvanecen una vez escritas.
 
Por eso necesitamos escribir. Para que las voces griten y se dejen atrapar, para que las palabras sean escuchadas y los problemas aparentemente indisolubles se reduzcan a un puñado de arena. Porque hay miles de palabras que chillan en nuestra mente tan alto que no logramos entenderlas, pero que una vez escritas, nos liberan y nos dejan respirar.
 
¿Abracadabra? Demasiado fácil.
Encontrar esas palabras mágicas no es tarea de un mago. Pero sí de un escritor. ¿De quién? De todo aquel que disfrute sentándose delante de una hoja de papel en blanco con ganas de escuchar y dejar un rastro. Un rastro de tinta.




martes, 23 de abril de 2013

Se acercan los exámenes...



Don´t panic! Organize.

¡Mucha mierda!

 
Fotografía tomada momentos antes del estreno del musical "El Patito Feo". De Santiago González-Barros.
 

El pasado mes de febrero se estrenó en la Universidad de Navarra el musical "El Patito Feo", una adaptación del clásico de Christian Andersen. Antes de cada actuación, todos los actores y equipo de realización nos reuníamos con la directora para gritar al unísono "mucha mierda". Como desconozco la jerga teatral, investigué a cuento de qué se dice esa frase malsonante y aquí tengo la respuesta:
 
 
La expresión "mucha mierda" es equivalente a “buena suerte" en la puesta en escena.


El origen de esta frase es controvertido. La explicación más conocida es que  cuando se iba al teatro en carruajes, el éxito de las puestas en escena se podía medir por la cantidad de excremento que aparecía en la calle. También se afirma que proviene del francés "merde", por la costumbre de los nativos de este país de pronunciar esta palabra en señal de éxito, debido a una superstición en la que desear "buena suerte" causaría el efecto contrario.
Y la última de las explicaciones proviene de la Edad Media: los actores ambulantes decidían actuar en un lugar cuando veían las calles llenas de heces, lo que significabaa que había feria y elevadas posibilidades de contar con un gran número de público.

 
 
Fuente:
 
CARMEN ROSA PACHECO CARPIO
LUIS ENRIQUE SUÁREZ
AMARILYS DE LA C. LEÓN PAREDES
Universidad de Pinar del Río, Cuba
carmen@fcsh.upr.edu.cu, pacheco@comercio.vega.inf.cu
Estudio léxico-semántico de la jerga teatral


Para más información, os dejo aquí el enlace de un programa de radio elaborado íntegramente por Carmen Arroyo, Franki Puig y M. Teresa Ausín acerca del musical bajo el argumento: " El teatro ayuda a comprender la vida" (Directora del musical, Laura  Laiglesia)
 
                          
 
 




 
  


 
 
 

 




 

 

 

 

 


 


¿Por qué nos confunden con ardillas?


  Música de ambiente :)
 

Con franqueza, me siento como una batidora tecleando un ordenador. Quiero escribir algo decente, pero en mi cabeza bullen ideas vagas sin control. La primera norma para que salga un buen zumo es seleccionar cuidadosamente las mejores frutas, cosa que he ido haciendo al leer los tres ensayos1, pero no basta. Ahora es labor de la chef mezclarlas en la cantidad deseada y añadir el azúcar. Y a ver qué sale.

Un buen comienzo para adentrarnos en el fascinante mundo de la verdad y la Filosofía puede tomarse del artículo “La búsqueda de la verdad en la tradición pragmatista2, de Jaime Nubiola.
San Agustín cuenta en Las confesiones que, aunque en su vida había tratado a muchos mentirosos, nunca había conocido a nadie que deseara ser engañado. En cierto sentido, quienes no desean ser engañados aman ya la verdad y tienen por tanto alguna noticia de ella3. Con ello estoy afirmando de nuevo la tesis de que el mejor marco para adentrarse en el análisis de la verdad es identificando la verdad, no como el resultado sofisticado de una teoría lógica, sino como aquello que siempre buscamos. Me parece que esta perspectiva se encuentra en sintonía con la experiencia práctica de cualquiera que se dedique a la docencia. El factor decisivo del crecimiento de los estudiantes es siempre su afán de verdad, la voluntad de saber[…]

Con esa sencilla frase en negrita queda todo dicho. No importa si hablamos de un filósofo pragmatista, científico de bata blanca o un relativista redomado, porque por el simple hecho de no desear ser engañado, el susodicho ama la verdad. El filósofo, por tanto, no debería ser considerado un bicho raro, un humano con antenas extraterrestres escondidas debajo del sombrero y que camina sosteniéndose el mentón escondido bajo una espesa y larga barba. Porque el filósofo es un buscador de la verdad, y si se dedica profesionalmente a ello, es un afortunado que puede emplear su tiempo en algo esencial. Tiempo del que no dispone la gran mayoría por dedicarse a tantas otras cosas -no menos importantes-. De ahí que repita: afortunado.
Sin embargo, este adjetivo no sería el empleado por esa gran mayoría. Por eso me atrajo tanto el título del ensayo de Quine: “¿Ha perdido la filosofía el contacto con la gente?”4 Porque hay algo que todo aspirante a filósofo debe preguntarse: ¿por qué somos confundidos con ardillas?
 

Si saliésemos a la calle a preguntar al tuntún qué piensan de los filósofos intuyo que esa sería la comparación más amable: con una ardilla. Sí, esos animalitos que se encaraman a las ramas más altas de los árboles para contemplar mejor el infinito y que dominan el arte de andar en las alturas, pero que cuando ponen los pies en el suelo, solo saben hacer dos cosas: o se quedan inmóviles mirando asustados el terrorífico mundo real que les rodea o echan a correr de nuevo para arriba como alma que lleva el diablo. Los filósofos, para muchos, son esos animalitos que han olvidado cómo se camina por tierra firme, y que cuando se aventuran a hacerlo se caen a un pozo, por la falta de costumbre. Y si no díganselo a Tales de Mileto. 
Hilary Putman hablaba de una “filosofía responsable” como aquella que deberá extraer la conexión existente entre los problemas de los filósofos y los de los varones y mujeres5. Y en efecto, ésa es nuestra misión: bajar a la tierra y no buscar la verdad solo para nosotros, sino además, acercársela al resto en un lenguaje inteligible. No se trata de servírsela en bandeja, porque la verdad no es un filete con guarnición, sino de darles la mano para que ellos mismos se adentren en esa búsqueda.
Quine, hablando de la popularización de la física moderna, señala que “un buen filósofo que sea un hábil expositor podría hacer lo mismo con la filosofía técnica habitual.” Pero que esa labor “requeriría arte, porque no todo lo que es filosóficamente importante es necesariamente de interés común, ni siquiera cuando se expone con claridad y en su lugar”6. Y como yo no podía terminar el último de los ensayos sin haber hablado de la docencia, diré de que esos grandísimos artistas son los buenos filósofos y comunicadores en particular y los profesores en general.
Estoy pensando concretamente en mi profesor de Filosofía de Bachillerato, al que debo la decisión de estudiar lo que estudio. Todos sus alumnos, entre los que me incluyo, le admiraban por su carisma y deseaban que les tocase con él no solo por lo que decía, sino por cómo lo decía. Pero dejando eso de un lado, yo le admiré desde el principio por algo más, que se acentuó cuando comencé a estudiar aquí, en la universidad, los mismos autores que él me había explicado. ¿Por algo más? Sí, por haber sido capaz de dejar de lado muchísimas cosas importantes de cada autor -que él sí que sabía- para que fuésemos capaces de entenderlo. ¿Era esencial aquello en lo que no profundizó? Para un doctorado en Kant explicar sus tres grandes obras en cuatro caras de folio quizá sea una aberración. Sin embargo, lograr que treinta chicos que no habían oído hablar de ese autor lleguen a hacerse una idea de lo que hizo en cuatro caras no me parece una aberración, sino lograr un imposible. Fuimos a Selectividad con la mitad de apuntes que el resto de colegios, de esos profesores que preferían darles un montón de folios importantes pero incomprensibles, y el resultado se lo pueden imaginar. Alberto, mi profe, tuvo que trabajar el doble que esos estrictos maestros, exprimiendo las doctrinas de cada autor para hacérnoslas asequibles, pero mereció la pena. Y por eso amplío mi admiración a todos esos profesores capaces de dejar su erudición de lado -porque estoy convencida de que es una renuncia costosa para alguien que sabe más- para acercar a los demás un trocito de verdad, para ampliar su conocimiento, independientemente de la materia impartida. Quine tiene toda la razón, a eso solo puede denominársele arte, y a ellos, artistas.

1 W. V. O. Quine: "¿Ha perdido la filosofía el contacto con la gente?" (1981). J. Nubiola: "La búsqueda de la verdad en la tradición pragmatista", Tópicos 8-9 (2001). R. Bernstein: "El resurgir del pragmatismo", Philosophica Malacitana supl. nº 1 (1993), pp. 11-30.

2 J. Nubiola, “La búsqueda de la verdad en la tradición pragmatista”.
3 San Agustín: Confesiones, X, 23, 33. Cfr. C. Cardona: "Querer la verdad", Escritos Arvo, nº 128, XII (1992); Juan Pablo II: Fides et ratio, 1998, n. 25.
4W.V. Quine: Theories and Things, The Belknap Press of Harvard U.P., Cambridge, Mass. 1981, págs 190-193. (Traducido por Sara F. Barrena).
5 J. Harlan: "Entrevista con Hilary Putnam, Acerca de la mente, el significado y la realidad", Atlántida 4 (1993), 80-81.
6W.V. Quine: Theories and Things, The Belknap Press of Harvard U.P., Cambridge, Mass. 1981, págs 190-193. (Traducido por Sara F. Barrena).

Puré de patata


Música ambiental :)

                

Cuando te acostumbras a leer textos filosóficos que podrías guardar en el arca perdida junto con otro par de jeroglíficos, crees soñar al toparte con ensayos como este1. ¡Lo entiendo! Es más, ¡estoy de acuerdo! Inmediatamente después coges el taco de folios, lo levantas y lo pones a contraluz. Tiene que haber algún truco. ¿Cómo pueden estos autores leerme la mente y transcribirla con palabras tan precisas? Igual es al revés, yo les he leído la mente a ellos, o mejor dicho, he leído sus textos. Pero bueno, independientemente de quién posea poderes sobrenaturales, todos estamos de acuerdo.

Antes de leer el ensayo y sabiendo lo que defendía, di por hecho que no iba a tener ningún problema en escribir ochocientas palabras -y las que hiciese falta- con tal de criticar el relativismo moral que nos invade. Opinar sobre lo no opinable. ¡Cómo nos gusta!

La opinión, amiga de todos y de nadie. La opinión apodada de verdad. Nos la pasamos unos a otros como una patata caliente. Esta es la mía, esta la tuya, y no la toques, que te quemas. Respeto, tolerancia. Todas las patatas están buenas. ¿Que tú quieres echarle sal? Perfecto. Tú te la vas a comer. Ojo, que se te va la mano con el salero, que el último que lo cogió lo dejó medio abierto... ¡Calla! Es asunto mío, mi patata está sosa. Tú cómete la tuya y deja comer a los demás. ¡Me vas a decir tú a mí cómo comer mi patata! Tolerancia, convivencia. El salero se ha abierto. Adiós, patata. Lo siento, pero no todas saben igual. Esta ya no hay quien la coma. Respeto, claro. Pero habrá que pedir una ensalada para cenar.
Acongojada, guardo mi cuaderno de recetas. Quería aprender a cocinar, mejorar mis ideas culinarias. Sabía que había mucha gente invitada al banquete, gente muy distinta que podría ayudarme, pero ayudarme, ¿a qué? A cocinar bien, pensaba. ¿Bien? ¡Qué chica tan idealista! Cada uno cocina como quiere, y si vienes de invitado, te comes lo que te pongan. “Bien” estará si a ti te gusta, pero bien bien... así como para todos, ¡es mucho pedir! Tolerancia.
A no ser que venga la abuela Ciencia y nos explique cómo remover el puchero. Amén. ¡Es la madre de la sabiduría! Y nosotros somos sus nietos, así que ni media palabra. Si queremos jugar, podemos tirarnos las patatas a la cara: están blanditas. De hecho, la mayoría de las veces son solo piel.
Reconozco que “tolerancia” es una palabra bonita, pero está tan manoseada que tengo que cogerla con pinzas. No me gusta disfrazar los términos, vestir de gala a pobres palabras como “relativismo perspectivista”. Nos gusta eludir responsabilidades, mojarnos lo justo y luego ponernos la toalla de la “convivencia democrática”. Personalmente, prefiero el “diálogo racional”: va con vaqueros y de frente.


La filosofía lleva siglos girando como una peonza. “Hacia adelante, hacia atrás, hacia el medio y pá dentro”, como decía mi abuelo para darme el puré. Se han cometido muchos fallos, se han dicho muchas barbaridades, pero el acrobático giro pragmatista de los filósofos analíticos es de esos que hay que volver a ver y releer a cámara lenta.

Ahora mismo tengo un problema: unos folios – los del ensayo de J.Nubiola: “Pragmatismos y relativismo: C.S. Peirce y R. Rorty”- llenos de corazones. Como corazones es lo único que sé dibujar, suelo llenar los márgenes de los textos que me gustan con lo único que me permite mi escasa capacidad artística: corazones de todos los tamaños.
Como dije arriba, antes de leer el ensayo pensaba que sería fácil escribir a raíz del mismo. Pero cuando tienes comentarios que hacer de los siete folios, te bloqueas y no sabes por dónde empezar. Y como dicen, la avaricia rompe el saco. De mi saco se han salido ya un montón de frases lapidarias que no caben en este ensayo. Así que me quedaré con un puñado de ellas, las que me quepan.
Para empezar, aquello que dicen los filósofos pragmatistas de que “la filosofía que se aparte de los genuinos problemas humanos es un lujo que no podemos permitirnos”, o la frase de Dewey de que “la filosofía se recupera a sí misma (…) cuando se convierte en un método, cultivado por filósofos, para ocuparse de los problemas de los hombres”2, son frases que lees y dices: ¡Por fin! Por no mencionar todas las referidas al papel de la filosofía en este nuevo siglo: el de aunar el rigor lógico con la relevancia humana3.
Pero no es hasta que resumen tus ideas del último ensayo, cuando exclamas: ¡socorro! Me refiero al tema del “falibilismo social”. Admitiendo, de entrada, que errar es humano, explican: “El investigador forma parte de una comunidad expandida en el espacio y en el tiempo a la que contribuye con sus aciertos e incluso con sus fracasos, pues estos sirven a otros para llegar más lejos que él”4. ¿Qué más podemos decir el resto de mortales cuando saben en expresar en tres líneas lo que yo diría en treinta?
Y así llegan al problema de la verdad: “Hablar de la verdad, así sin adjetivos (…) comienza a ser considerado como algo de mal gusto”5. En definitiva, mi patata, tu patata. ¡Qué triste banquete!
Triste, pero real. En esta situación hemos terminado, y efectivamente, es necesario un giro: busquemos entre todos las mejores patatas, las más grandes y sabrosas, ¡no sirve cualquiera! Y mejoremos juntos las recetas. Nos saldrá unas veces mejor y otras peor, pero solo así llegaremos algún día a preparar un buen puré de patata.
1J. Nubiola, “Pragmatismo y relativismo: C. S. Peirce y R. Rorty”. Publicado en Unica, Revista de Artes y Humanidades de la Universidad Católica Cecilio Acosta, II/3,2001, pp.9-21. http://www.unav.es/users/Articulo58a.html
2J. Dewey, John escribió esta frase en The Need of a Recovery of Philosophy.
3J. Nubiola, “Pragmatismo y relativismo:C.S. Peirce y R. Rorty”, pp 6.
4S. Haack, “Pragmatism”, en N. Bunnin y E.P. Tsui-James, eds. The Blackwell Companion to Philosophy, Oxford, Blackwell, 1996, 637.
5J. Nubiola, “Pragmatismo y relativismo:C.S. Peirce y R. Rorty”, pp 5.
 

viernes, 1 de marzo de 2013

¿Quién necesita abuela?

Música ambiental :)

Si uno se plantease sobrevivir a la crisis impartiendo cursos de autoestima le sugiero que no buscase a sus potenciales alumnos ni en el autor del “Tractatus” ni en Moritz Schlick. Y amplío este consejo hacia el resto de filósofos analíticos y positivistas lógicos. Porque si algo me ha quedado claro al leer tanto el prólogo del“Tractatus” de L. Wittgenstein como “El viraje de la filosofía” de M. Schilck es que ninguno de los dos necesita abuela.
Lo más llamativo de estos autores es que creen haber “solucionado definitivamente lo esencial de los problemas filosóficos”1 y que están “objetivamente justificados”2 para dar por concluido el “estéril conflicto” entre los sistemas filosóficos anteriores. Los textos en su conjunto continúan en esta dirección, por lo que guiaré mi argumentación al hilo de estas dos pretenciosas afirmaciones, centrándome en especial en M. Schlick por ser quien más lo desarrolla en los documentos seleccionados.
Doy por hecho que M. Schlick tiene en su casa una enorme papelera y no dudo de que, además, saca todos los días la basura. Es la única manera de entender cómo consigue desembarazarse con semejante ligereza tanto de la metafísica y la teoría del conocimiento en concreto como de los problemas filosóficos en general.
Probablemente, estos autores aprendieron en las profundidades de la sabana la filosofía de Timón y Pumba: “Ningún problema debe hacerte sufrir, lo más fácil es saber decir Hakuna Matata”. Y es que, sin quitar mérito a su intento de clarificar los argumentos filosóficos, esto es lo que están haciendo: para evitar el sufrimiento, le quitamos la escoba a la Cenicienta y a limpiar, que cenizas hay unas cuantas. ¿Un ejemplo? El absurdo esfuerzo de los metafísicos por intentar formular el auténtico sentido de la vida, los porqués finales. ¡Eso no es más que basura, palabras sin sentido! Metamos todas las grandes preguntas hechas a lo largo de la historia en el recogedor y sacudámoslo, no vayan a quedar residuos. La hora del viraje filosófico ha llegado. Perdón, hablemos con propiedad; del viraje definitivo.
Reconozco que quizás esté exagerando, pues en el fondo, la labor llevada a cabo por toda esta corriente de filósofos analíticos a la hora de clarificar y precisar conceptos y de recordarle a la Reina de las Ciencias la importancia de la exactitud y el rigor es admirable. Sin embargo, el aroma que me deja la lectura de sus escritos es este: una banalización vergonzosa de los grandes problemas planteados durante siglos no solo por los grandes filósofos, sino por la gente de a pie. ¿Para qué vivimos? ¿Adónde vamos? ¿Nos diferenciamos del resto de animales? ¿Hasta dónde podemos conocer? ¿Ceno huevos o tortilla?
 
En definitiva, el quid de la cuestión es: ¿pueden ser realmente barridas estas y tantas otras preguntas vitales, empleando un concienzudo análisis del lenguaje como escoba? Es más, ¿deben ser barridas las grandes preguntas cuyas distintas respuestas orientan y dirigen nuestra vida?
Les invito a detenerse un instante, el instante de reflexión que no tuvieron los filósofos de bata blanca al barrer este interrogante. Porque creo que ahí reside su error: la filosofía no es solo un conjunto de problemas en torno a los cuales no hay consenso, no son preguntas que después de ser lanzadas al viento son capturadas por los metafísicos y retorcidas hasta su expiración. La filosofía es diálogo. Es una conversación en la que todos pueden participar, porque cada nueva aportación añadirá un matiz distinto a las anteriores. Evidentemente, no todas las afirmaciones pasarán a la historia, ni todas serán igualmente válidas, pero eso no conduce a reducir los grandes filosofemas a su “efectividad histórica”3, dejando de un lado la objetiva. Porque si lo que uno de los grandes dijo sirvió para estimular el pensamiento y la búsqueda de la verdad de otros que vinieron después, solo por eso, llamémosle X hizo progresar a la filosofía.
El otro día, en clase, estuvimos discutiendo largo rato acerca de si podemos hablar de progreso en filosofía. Las respuestas fueron ricas y variadas: “El progreso no se da en la filosofía, sino en cada filósofo”, “no progresamos, profundizamos”, “son las mismas preguntas respondidas con distintos planteamientos”, etc. Creo que el diálogo hubiese sido más claro si nos hubiésemos puesto de acuerdo acerca de qué entendemos por progreso y en base a eso, dar nuestra opinión.
La gran duda era: ¿es necesario una culminación para poder hablar de progreso? Yo creo que no. En todas las disciplinas hay progresos, pero eso no implica que lo sepamos todo. Progreso viene del latín progredior, que significa “avance”.
 La filosofía es un movimiento de pensamiento. Responde a unos problemas y encuentra otros4. Puede que haya momentos en los que parezca que se “retrocede” pero porque se está entrando a fondo en los problemas, dando nuevas visiones, pero en verdad, eso no es otra cosa que “tirar p´alante”. El mito de la caverna de Platón hizo progresar a la filosofía, el sapere audem de Sócrates, la metafísica de Aristóteles, el cogito ergo sum de Descartes, la crítica al principio de causalidad de Hume. Todos ellos, más acertados o menos, han hecho correr ríos de tinta, han estimulado futuros debates y conversaciones filosóficas, han traspasado los siglos y al llegar hasta nosotros nos han hecho pensar. Puede que algunos dijesen disparates, pero disparates con respuestas proyectadas hacia el futuro.
Si lo que los filósofos analíticos buscaban con su viraje era un cambio, ese cambio, ese avance, llevaba siglos produciéndose. Comenzó cuando alguien se hizo la primera pregunta y diga lo que diga M. Schlick, estoy segura de que para ese alguien, la pregunta tenía sentido.
1. L. Wittgenstein, “Prólogo” Tractatus Logico-Philosophicus (1922). Traducción castellana de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera. Alianza, Madrid, 2003, pp. 47-48.
2. M. Schlick, “El viraje de la filosofía”. Texto original: “Die Wende der Philophie”, primer libro del volumen I de Erkenntnis (1930/31).
3. M.. Sclick, “El viraje de la filosofía”.
4. Esta reflexión recoge lo comentado en la clase de Filosofía del Lenguaje de la Universidad de Navarra impartida por Jaime Nubiola.